Capítulo 20 de 29
Plesetsk
La estación «Plesétskaya» y el poblado «Plesetsk» producen en el visitante una impresión muy modesta, más bien mínima. Entre las casas de madera, exclusivamente de una planta, destaca un hotel de dos plantas, también de madera. Los caminos son de tierra y las aceras, de madera. Más tarde, al orientarme, vi que el gobierno patrio ni siquiera había asfaltado ni construido carreteras en el norte. Como, por lo demás, tampoco en todo el resto de la Rusia profunda. ¡Arkhangelsk no tenía aceras asfaltadas! Solo de madera. Y eso en una época en la que en Ucrania era difícil encontrar un pueblo sin carreteras asfaltadas. Y más aún en Georgia. Este es el precio de la política nacional de ese partido gobernante «del pueblo».

Uno de los MIK. Al fondo se ven construcciones técnicas similares.
Me voy adaptando, conozco a mis compañeros de servicio y los alrededores. Mi unidad 14056 (pl. 43) está emplazada en una zona de taiga, en la orilla derecha, meridional, del río Yemtsa, afluente del Dviná Septentrional, en la zona del antiguo poblado Skipidarny. Dos plataformas de lanzamiento con un MIK común y una planta de oxígeno y nitrógeno. La distancia entre las instalaciones de lanzamiento es de 300 metros. SK-3 a la izquierda y SK-4 a la derecha. El primer lanzamiento de un cohete lo realizó el cálculo de lanzamiento de la unidad durante la noche del 27 al 28 de febrero de 1961, desde la plataforma de lanzamiento de mi unidad de Tyuratam 33797. La ciudad de Mirny: así se llama la «decena» del norte. No hay diferencias serias en el servicio respecto al polígono meridional. La diferencia radical está en el clima: es moderadamente húmedo y suave, y alrededor de todas las plataformas no hay una estepa polvorienta, sino una maravillosa taiga, con el hermosísimo y limpio río Yemtsa, rico en tímalos, peces blancos y salmones.

El río Yemtsa.
Muchos oficiales dedican su tiempo libre a la caza y la pesca. El deporte es aceptable, aunque muy inferior al nivel de Tyura. Una Casa de Oficiales estándar, como en Tyura.

La Casa de Oficiales. Delante de la tribuna y del Ídolo, una columna del NII «Novator» muestra algo; dentro de la columna está mi Lena.
La «carga» cultural es más floja que la de Tyuratam. Pero cada año, sin excepción, venía y cantaba el jefe del polígono septentrional, Borís Shtokolov. Paisano por partida doble: nacido en Kémerovo y grumete de Solovki en su juventud. Solista de la Mariinski de San Petersburgo… Sí, escuchamos aquel bajo. ¡Era algo extraordinario! La propia «decena» es de una escala considerablemente menor.

Me incorporo activamente al trabajo y me cargo a mí mismo la búsqueda de averías y la reparación no solo de mis equipos, sino también de los de los servicios vecinos. Esto se valoraba especialmente los lunes y después de las fiestas. Los telemetristas son personas como todas las demás y tienen derecho a «descansar» los fines de semana. Y, además, nadie ha cancelado los reglamentos ni los trabajos especiales. En la unidad se considera trabajo especial todo lo relacionado con la preparación y el lanzamiento del ingenio. Y, para eso, ni un paso sin el principal material de consumo, el amable alcohol. ¿Y cómo no celebrar un lanzamiento exitoso?
Antes de Año Nuevo, en el Estado Mayor del polígono, siguiendo la nueva tendencia de las Tropas de Misiles —el despliegue de puestos de mando semiautomatizados—, se necesitaba un especialista competente y me enviaron temporalmente a Mirny, según esperaban los comandantes de mi unidad. ¡Adiós, motovoz, botas, bandolera y guardias! El motovoz del norte no se diferencia en nada del del sur. Los mismos vagones, los mismos conductores-soldados y distancias comparables. En el ChChV no juegan: leen o duermen. Pero el tren no avanza por una estepa desnuda y azotada por el viento, sino por un corredor de altos pinos y abetos, y llega a la estación terminal, también rodeada de hermosos árboles.
Mi lugar de trabajo en el Estado Mayor quedó establecido en una de las salas del 1.er departamento (operativo), cuyo jefe era el coronel Jojlov. Como se sabe, es el departamento principal del Estado Mayor. Mi jefe directo era el mayor Yuri Yemeliánovich Kulikovski. Un hombre bondadosísimo, procedente de los zapadores, veterano del polígono, pescador y cazador, amante de los perros. Tenía una laika. Su esposa era una maestra taxidermista y hacía excelentes animales disecados. Sus dos hijas ingresaron en el instituto de Kírov, en la facultad de ciencias cinegéticas. Así que en el departamento operativo, en una atmósfera tan sana y amistosa, se podía servir sin conocer las penas. Es verdad que, por decirlo con delicadeza, para mi tema sobraban conocimientos de ingeniería relacionados con el perfil de aquel servicio del Estado Mayor. Yo habría trabajado con mayor provecho en cualquier tema radioelectrónico, pero en el Estado Mayor solo había un departamento de radio, aparte del de comunicaciones. Era el departamento número 10, de REB, lucha radioelectrónica y compatibilidad electromagnética. En ese departamento tenía a mi hombre de confianza, el teniente primero Tolya Vlasenko, recién graduado de la 3.ª facultad de la Academia Mozhaiski, que estimulaba y controlaba el proceso de mi paso de adscrito a miembro de la plantilla del Estado Mayor.

¿Me estará cantando algo Tolya?
Al cabo de un par de meses me invitan a conversar con el jefe del 10.º departamento (REB), el coronel Vladímir Ivánovich Yershov.
Y un buen día Tolya me comunica que, por lo que había entendido de una conversación telefónica entre el jefe del departamento y el comandante de mi unidad acerca de mi candidatura, por teléfono habían descrito mi persona de una manera nada benigna. Aquí hay que decir que durante mi comisión de servicio en el Estado Mayor principal, en mi unidad había cambiado el comandante. En lugar del coronel Bugor habían puesto al teniente coronel Tatyankin, a quien yo no conocía y que nunca me había visto en persona. Después resultó que no había dicho cosas desagradables, sino insinuaciones de que supuestamente a Yershov le resultaría muy difícil trabajar conmigo. Y es que ese canalla de Tatyankin nunca me había visto, como tampoco yo a él. Inmediatamente fui a la unidad, irrumpí en su despacho y le planteé la cuestión: «¿Por qué y de una forma tan ruin?». Y él, con toda calma: «¡Pues sírveme todavía un poco más!». Charlamos poco. Comprendí que estaba perfectamente informado sobre mí, pero aquel grosero no se disculpó; prometió llamar a su amigo Yershov y arreglarlo todo. Resultó que eran viejos y buenos amigos. Así fue como acabé en el departamento de REB.
El departamento se ocupaba de la contrainteligencia técnica, es decir, de encubrir la actividad vital del polígono a través de todos los posibles canales de filtración de información, de los cuales los más «agujereados» eran los de radio y radiotécnicos.
A cada oficial del departamento se le asignaban direcciones y temas concretos de las pruebas. Yo respondía por todos los sistemas radioeléctricos de a bordo y terrestres del 2.º departamento de pruebas (cohetes portadores de la «base de los siete»: 11A57, 8A92, 8K78, 11A511U, y una enorme cantidad de aparatos espaciales de reconocimiento, comunicaciones y navegación). Lo común era que todos en el departamento se dedicaban a algún tipo de mediciones, pero tampoco pasaba un día sin papeleo. Nos atormentaban los interminables trabajos de investigación.1
En la unidad subordinada al departamento había varios vehículos especiales de control y reconocimiento radioeléctrico. Muchas mediciones se realizaban desde aviones y helicópteros. Varias veces tuve que visitar varios puertos septentrionales, donde teníamos estaciones para interferir los medios de reconocimiento del enemigo probable. En particular, desde los mares de Barents, Blanco y Kara, el polígono estaba sometido a la acción de medios de reconocimiento instalados en los aviones RC-135, «Orion», y en buques mercantes extranjeros que entraban en los puertos del norte y habían sido equipados adicionalmente con medios de reconocimiento. El más peligroso, aparte de los medios espaciales, era el SR-71, «Blackbird», y el buque de reconocimiento radioeléctrico «Mariata». El puesto de reconocimiento radioeléctrico de Wakkanai (Japón) y un gran buque, del tipo de nuestro «Yuri Gagarin», el «General Vandenberg», exploraban la zona de separación de las ojivas, la formación del orden de combate con blancos falsos y el funcionamiento de los medios telemétricos y de trayectoria de a bordo en la zona de su caída, en Kamchatka. Había mucho trabajo, y era interesante.
En algún momento de 74 y 75, después de otro de los habituales enfrentamientos entre israelíes y árabes, nuestro Estado Mayor comprendió de repente el peligroso retraso de las fuerzas armadas en materia de PPRD (transmisores de interferencia de acción única). También se llamaban ZPP (transmisores de interferencia lanzables). Se convocó un concurso, el polígono se sumó a él y yo dirigí el grupo de desarrolladores. Éramos seis. Tres sargentos, dos tenientes y yo. Nos crearon unas condiciones magníficas. Dos grandes habitaciones en un edificio separado, suministro ilimitado de materiales, un vehículo especial de reconocimiento con chófer y la confianza del jefe del departamento en que algo me saldría bien.
Pero no todo salía bien, ni de inmediato. Fui a consultar a San Petersburgo, a mi academia de siempre, al departamento de dispositivos transmisores y al departamento de AFU. Resultó que ellos también se habían puesto a crear su propio ZPP. El trabajo me absorbió por completo, y también a todos los demás. A menudo me iba a casa después de las 11 de la noche. Las pruebas de los prototipos se realizaban en el nodo principal de comunicaciones del polígono. Era una oficina bastante seria, y los oficiales de comunicaciones de los turnos de guardia torcían el gesto de forma abiertamente hostil cuando yo aparecía, pero no podían echarme. Yo tenía autorización y una orden. Solo se nos permitía interferir en las frecuencias asignadas, pero aun así para ellos aquello era como una emergencia y quedaba registrado en la documentación del turno de guardia. Según sus propias normas, estaban obligados a restablecer el canal perdido, ¡y en un tiempo muy breve!
Cuando di con la variante de transmisor que necesitaba, a los comunicadores les cayó el mundo encima. Durante otra prueba de campo, me instalé con mi sargento en un rincón de su puesto de mando de comunicaciones y, mediante mi emisora de campaña R-105, transmití por la tabla de comunicaciones las órdenes necesarias a los muchachos de la SRKR (estación de reconocimiento y control sobre la base de un GAZ-66). En ese momento nuestro vehículo se encontraba en uno de los lugares convencionales, previamente acordados y codificados en nuestra tabla de comunicaciones. Naturalmente, fuera del territorio del nodo de comunicaciones, en uno de los caminos forestales. En las salidas previas a Año Nuevo, que combinábamos felizmente con la tala de arbolitos navideños, un par de veces los muchachos llevaron a Tanya en el vehículo, cosa de la que me arrepentí cuando oí durante una sesión su vocecita: «Dyuk, ¡a comunicar! Dyuk, ¡a comunicar!». Había copiado las órdenes que se repetían a menudo. A alguno de los tenientes se le ocurrió darle el micrófono. Mientras tanto, Slava Dyuk, teniente, debía encontrarse en nuestro puesto estacionario de control radioeléctrico, en la zona del batallón de seguridad, a 10 kilómetros, y escuchar el cuadro general de la interferencia. Era un momento fuera de programa y muy comprometido, ya que las conversaciones por radios móviles estaban controladas.
Nuestros transmisores experimentales de interferencia funcionaban exclusivamente desde la caja de la SRKR, porque dejarlo en tocones o árboles era peligroso. Los comunicadores los encontrarían y los destrozarían. En todos los nodos de comunicaciones había un pelotón de «cazadores de zorros» preparado, con la misión de detectar y destruir inmediatamente los PPRD. ¿Y nosotros teníamos que arriesgar nuestro equipo y nuestra salud? La eficacia de la interferencia podía evaluarse visualmente por la velocidad con que corrían los comunicadores, el cambio y la sustitución de ciertos bloques, el clic frenético de los conmutadores y la discusión nerviosa que comenzaba en el puesto de mando. El carácter de la interferencia y sus parámetros eran distintos cada vez; estábamos buscando. Por eso a los comunicadores les resultaba difícil salir del atolladero. ¡Cómo nos odiaban!
Es curioso que las soluciones más acertadas a los problemas que surgían no aparecieran al releer patentes o boletines de radiotecnia, sino literalmente en el retrete. Y llegó el momento de entregar el producto. Cumplimos el plazo, en tres meses. Presentamos el ingenio bajo la apariencia de una máscara antigás corriente y lo llevé al Estado Mayor Principal de las Tropas de Misiles. Supe cómo habían ido las pruebas una semana después. A mi criatura le concedieron el 2.º lugar. El primer lugar se lo dieron a un NII especializado. Y no estoy seguro de que la decisión fuera justa. Aun así, en el polígono, en el departamento, se recibió de manera muy positiva. Moscú soltó un buen dinero, que se repartieron dos personas: el jefe del departamento, Yershov V. I., y yo. No perjudicaron a nadie. ¡A los sargentos les dieron 180 rublos a cada uno! Aunque, ya durante el proceso de trabajo creativo, tampoco faltaron los disgustos.
Un día me llama a su despacho un mayor de la KGB, el responsable de nuestro departamento. Ya lo había conocido antes: una vez le reparé el televisor. Pues bien, Borís, que así se llamaba, empezó a reprenderme porque contaba chistes sobre Brézhnev en presencia de mis subordinados. En aquellos tiempos se consideraba una descortesía iniciar cualquier conversación social o charla de negocios sin un chiste nuevo sobre el tartamudo-chupeteador y, en general, sobre aquel gigante no solo del pensamiento del partido. Me niego categóricamente a aceptar la calumnia, porque estoy completamente seguro de la lealtad de mi grupo. Y entonces Borís, ¡que Dios lo conserve!, saca de la caja fuerte una hoja de papel, cubre su parte superior e inferior con hojas limpias y dice: «¡Lee!». Me quedé estupefacto. Era la letra de Tolia Kurchev, compañero mío de academia y mi colega actual en el departamento, teniente coronel y leninista fiel. Y eso que el canalla solo había pasado un par de veces a echar un vistazo a nuestros asuntos, como quien no quiere la cosa. Un informador de plantilla, sin embargo. (Naturalmente, Tolian llegó a ser coronel). Le juré a Borís que no volvería a relajarme. Así son las sorpresas que puede deparar el trabajo creativo.
También formaba parte de mis obligaciones «registrar» a los «hermanos-demócratas» que llegaban al polígono bajo el programa «Intercosmos». El día de llegada de aquellos «amigos» se les organizaba un gran programa de entretenimiento y diversión, con pesca, caza, canciones y bailes. Durante esas 4-6 horas, yo debía, junto con un oficial de régimen, revisar el contenido de las cajas en el hotel y en el MIK para localizar equipos de reconocimiento. Los trapos no me interesaban; solo los aparatos. ¡Ahí vi equipos de medición de nivel moderno! Exclusivamente estadounidenses, de la RFA y franceses. Miniaturizados y con parámetros magníficos. Si el extranjero llegaba no con el grupo, sino con retraso, por ejemplo unos días después, el trabajo se complicaba. Había que examinar en poco tiempo los equipos terrestres que ya estaban siendo utilizados junto con el satélite, sin entender gran cosa de ellos. Y no se podía preguntar a ninguno de los nuestros. Mi asunto era demasiado «delicado», y en el departamento solo lo sabía el jefe.
Por «sugerencia» del jefe del departamento decidí presentarme al mínimo de candidato. Y material para una tesis doctoral tenía de sobra desde hacía mucho. Además, yo mismo había visto candidatos recién hechos que no eran precisamente «siete palmos en la frente», pero pronto se me pasó el entusiasmo. Resulta que aquí también había que aprobar el mínimo de marxismo-idiotismo. Vaya tela. De inmediato apareció un motivo para no esforzarme y abandonar la idea. Al fin y al cabo, soy un vago.

En un subbótnik junto a la Casa de Oficiales, encabezados por Vladímir Ivánovich Yershov (el último a la derecha, mirando a lo lejos). Después, hacia la izquierda: Misha Murzin, sonriente; el autor; Tolia Kurchev; un desconocido; y Misha Yungov. Se ve claramente que Tolia también aquí «vigila».
En realidad, el soplón, como tipo y como parte de la comunidad de ciudadanos soviéticos constructores del comunismo, no está en absoluto desvelado en la literatura y hasta parece misterioso. Pero sin romanticismo. Nuestro Tolia servía con una máscara inamovible de hombre de negocios extremadamente preocupado. No aspiraba a las estrellas. Era parco y pensativo. En los seminarios marxista-leninistas no destacaba por una actividad excesiva y ni siquiera en materia de servilismo puedo recordar nada especialmente condenable. ¿Y cuántos habrá de esos, grises, si en cada departamento hay como mínimo uno? ¿Y a escala del país? Llegan a la jubilación con la conciencia tranquila.
Si para mí el contacto (o la atención del informador hacia mi persona) terminó de manera completamente inocente, la imaginación dibuja un giro de la vida muy distinto según el relato de mi padre.
En el 41, en Kémerovo, en la fábrica, empezaron a desaparecer personas del taller. Los trabajadores susurraban, y alguno incluso señalaba directamente a uno de los suyos, a un soplón manifiesto.2 Y cuando mi padre sintió que aquel leninista fiel se acercaba a él, por así decirlo, que mostraba interés, según sus palabras «se volvió tan amargo, tú habías nacido… Pienso: mataré al canalla, peor no será. Agarré un hierro cualquiera y lo perseguí por el taller, pero los trabajadores me detuvieron. Y, fíjate, surtió efecto: no me tocaron». Solo por esto, hasta mis últimos días, no siento hacia ese partido más que odio. ¡Así es como estropearon al pueblo con su maldita dictadura obrero-campesina! Probablemente criaron millones de soplones. Admito la posibilidad de que mi padre ingresara en ese partido precisamente en el 41 por razones que no tenían por qué ser leales.
Por el tema de REB del departamento, en julio del 81 volé a Kamchatka, al poblado de Kliuchi. Está justo al pie del volcán Kliuchevskaya Sopka, junto al río Kamchatka. Es hermoso como una postal. Volamos de ida y vuelta en un IL-62. Durante todas las 8 o 9 horas de vuelo no dormí; intentaba reconocer los relieves que pasaban bajo el ala. Cada vez la visibilidad era sencillamente perfecta para observar, pero no lograba orientarme en el terreno sin las indicaciones de la azafata. La ruta del aeroplano no está trazada siguiendo los paralelos, sino mucho más al norte, describiendo un gran arco, si se mira el mapa.
Al acercarnos a Yelizovo, el principal aeródromo de Kamchatka, entramos desde el océano y, de repente, por el salón se propagó el grito: «¡Un barco! ¡Un barco!». Todos nos fuimos a los ojos de buey. Debajo de nosotros, a toda máquina y en dirección a Petropávlovsk, avanzaba una negra salchicha, sin proa ni popa. Pero los remolinos y la estela espumosa delataban su potencia y velocidad. Y ahí estaba la base hacia la que se apresuraba la salchicha. Vimos seis iguales, una junto a otra. La flotilla de Kamchatka. ¡Qué pequeñas parecían, en comparación con ellas, las casas de varias plantas de la ciudad! Nos impresionaron los enormes refugios subterráneos para los aviones de combate. De Yelizovo salimos en un AN-24 hacia el aeropuerto de Kliuchi. Está junto al volcán Kliuchevskaya Sopka. La montaña más alta de la península y, posiblemente, la más hermosa. Un cono blanco como la nieve, simétrico, con la punta ligeramente «quebrada». Mires donde mires, la vista tropieza con montañas altas, lejanas o no tan lejanas. El volcán más próximo es Shiveluch. Todos son volcanes activos o apagados. ¡Y los habitantes de Kliuchi contemplan semejante belleza desde la mañana hasta la noche! Todo es inusual y maravilloso. Empezando por la sensación de haber perdido una noche al llegar a la península. Mientras nosotros volábamos, aquí amaneció un nuevo día. Y nosotros dejábamos atrás el que se iba, sin haberlo cerrado con el descanso nocturno. Por eso durante la primera semana caminábamos algo aturdidos, adaptándonos al huso horario. La comida del comedor también era inusual. En el menú predominaban los peces marinos de todo tipo y los cangrejos. Inusual era la tierra bajo los pies, de color gris negruzco. Más que tierra, era arena gruesa. Todo aquello era ceniza volcánica. Abedules de tronco grueso, muy extendidos. Hierbas altas y densas. Pequeños campos con potentes matas de patata y enormes cabezas de col. Cada mañana me llevaban al aeródromo, mi sector de trabajo, y cada vez el acompañante señalaba huellas recientes de osos. Se veían perfectamente en el camino de tierra apisonada. Y, según contaban los nativos, en Kamchatka había osos para dar y tomar. Su caza estaba prohibida. Vi fotografías de paisajes y de la vida en invierno. Las casas residenciales de dos plantas tenían, en una de las vertientes del tejado, una verdadera entrada con marquesina y escalones. Cuando se acumulaba mucha nieve, los vecinos dejaban de despejar la entrada inferior y empezaban a utilizar la superior. Según los datos sinópticos, ¡en estas tierras en algún invierno llegan a caer hasta 5 metros de nieve! Nuestro tyuratamita, procedente de nuestra unidad 33797 y que había servido cinco años como jefe del OBATO,3 Tolia Panfilkin, respondió brevemente a mi pregunta sobre el servicio en Kamchatka: —¡La lucha contra la nieve!
Durante la comisión de servicio logré pescar un poco en el río Kamchatka. ¡Eso sí que es pesca y pescado! Sedal milimétrico, señuelos pesados y de lo más primitivo, hechos a golpes de hacha. Rodé una película bastante buena con vistas a la montaña. Al regreso, justo después del despegue, a petición de nuestro superior, el general, el piloto dio una vuelta alrededor del cráter del volcán. ¡Impresionante! Regresamos a Moscú exactamente a la misma hora a la que habíamos despegado de Yelizovo. Se podía simplemente detener el reloj durante el vuelo.
Como inventor y racionalizador activo, fui nombrado secretario de la comisión de la dirección del polígono y, algo más tarde, en una asamblea general, fui elegido miembro del tribunal de honor de oficiales de la dirección. Y yo no pertenecía al partido. Al parecer, entre nuestros comunistas escaseaban las personas honradas. Por culpa de esa partidización tan famosa, me quedé como mayor hasta la baja. Cuántas pequeñas vilezas y ataques directos por parte del nuevo jefe del departamento, el coronel Shumilin V. P., tuve que soportar. Y todo para meterme en el redil común. A él, claro, le caían reprimendas por mi culpa. El único mayor no partidista de toda la dirección del polígono, y además en su departamento. ¡Qué vergüenza! Entonces llegó el momento de que defendiera el doctorado y le entró miedo de que, por mi culpa, tuviera problemas. Como las persuasiones no surtían efecto conmigo, me quitó decididamente del cuadro de honor y me privó del título de «mejor especialista». Pero lo más desagradable fue que empezó a enviarme a conversar con un joven oficial, Shura Zinchenko, el secretario de nuestra célula del partido, un sujeto servil. Y eso después de casi diez años de servicio mío en el departamento.
Fui a ver al jefe de Estado Mayor, el general Vasili Vasílievich Kurbátov, y pedí que me trasladaran a cualquier parte. Al día siguiente V. V. me llamó y prometió: «Yo los reconciliaré», cosa que no me servía en absoluto; «Valek» no me habría dejado en paz. Ya estaba pensando dónde terminar mis años de servicio que me quedaban. Pero ese mismo día, o poco después, me encontré con el coronel Rudolf Afanásievich Rzhanitsin, presidente de la comisión del polígono para la racionalización y la inventiva, donde yo llevaba ya nueve años como secretario permanente. «Tú estás en guerra con Valentín Petrovich; ¡pues ven conmigo!», me dijo. ¡Qué regalo del destino! Yo no lo había pedido, sino que me invitaban. R. A. era el jefe del departamento de pruebas de ojivas. Antes ya me había cruzado en el trabajo con algunos oficiales de su departamento.

Encabezados por Rudolf Afanásievich. A mi lado, Sasha Ivlev con Vitya Burtsev. Abajo, el primero por la izquierda, Vova Sentíshchev. A la izquierda de R. A., Zhenya Koroliov.
¿Acaso se podía desear algo mejor? Acepté de inmediato. Después hablé con Lena. La convencí de que mi trabajo no tenía ninguna relación con la radiación. En realidad, el trabajo correspondía a mi especialidad de ingeniería, es decir, a los sistemas radiotécnicos, aunque tenía mucha especificidad. No había pruebas fuera de la cámara apantallada y, en general, la disciplina técnica era de un nivel más alto. Me enviaron a Arzamás-16 para recibir formación durante 20 días.
Probablemente nos habrían llevado a la «Sorokovka» y yo no habría adivinado que era una ciudad completamente distinta. Ambas ciudades cerradas se crearon al mismo tiempo, y el parque de viviendas no se diferencia en nada en una y otra. Solo que Cheliábinsk-40 se construyó en un terreno baldío, mientras que Arzamás-16 se levantó en el territorio de un antiguo monasterio venerado, conservando sus principales construcciones monásticas. Limpieza y cuidado, como corresponde a una ciudad normal y culta. (¿Por qué, entonces, en cualquier ciudad rusa abierta hay suciedad y grosería prácticamente a cada paso? ¿De verdad depende, después de todo, de los propios habitantes, de la proporción entre personas normales y proletarios que «no tienen nada que perder salvo sus cadenas», la comodidad y el confort de la vida?). La carretera principal atraviesa, formando un amplio arco, un campanario altísimo y muy hermoso. Y en el edificio contiguo al campanario se encuentra el famoso VNIÍEF, Instituto Panruso de Física Experimental, desarrollador de las municiones nucleares de la URSS. Precisamente aquí llega, desde las ciudades cerradas productoras de material fisible, la «carga» para equipar los ingenios. Y sobre el tema de «quién es más importante y quién debe considerarse el padre de la primera bomba», allí mismo tuve discusiones con los ingenieros locales. Patriotas de su Arzamás, naturalmente se consideran los fundadores del armamento atómico, y no a la «Sorokovka». Bueno, qué le vamos a hacer; que lo crean.
Recorrimos las tiendas para comprar algo comestible para el hotel y también regalos para los nuestros en Mirny. Las tiendas rebosaban de exquisiteces inimaginables en las tiendas del comercio militar de Mirny. Y yo ya hacía mucho que había olvidado el suministro especial de las ciudades atómicas. A mis compañeros se les desorbitaron los ojos y les picaron las manos. «¿De aquello, de eso y de lo otro?». Pero el vendedor enfrió de inmediato el entusiasmo al pedirnos que presentáramos unos cupones o tarjetas especiales de circulación local. ¡Qué ingenioso! Los queridos invitados nos dimos un festín. En venta libre solo había productos corrientes. Más tarde, ya familiarizados con el lugar, conseguíamos esos papelitos especiales de los locales y comprábamos. Desde entonces soy un «cabezón». Mi padre contribuyó a crear las cabezas y yo a probarlas…

Y este ya es el grupo encabezado por el nuevo jefe del departamento, Vitya Burtsev, el segundo por la derecha. Yo destaco por la portupeya, y Zhenya Soskov por la sonrisa. Los demás «cabezones» tienen caras inteligentes. Fotografía Vova Sentíshchev, conocido por todos como «Kleshch».